La vieja fotografía en blanco y negro reposa sobre la mesa de luz. Facundo observa la imagen, cierra los ojos y recuerda: Alicia, con su pollerita rosada y sus trenzas de miel, saltando la soga; Alicia en la playa, sonriendo a la cámara con el mar de fondo; Alicia en su cama, durmiendo como un ángel, y él, como un centinela a su lado, velando su sueño. Y luego Alicia, la niña, en el hospital, con la fiebre hirviéndole en el cuerpo, y Facundo llorando, sin saber qué hacer, esperando, rezando, pidiéndole a Dios por la cura de su hermana.
El hombre de noventa años sigue sosteniendo en su memoria la imagen de esa vieja y ajada foto. Deja escapar dos lágrimas y vuelve a cerrar los ojos…
… y Alicia en el cajón, con su rostro sonrosado, absurdamente espléndido, como si estuviese viva y descansando. Y luego las lágrimas de los deudos, y los abrazos, y esa niña que no debería estar allí, sino jugando con su soga, o saltando a la rayuela.
Facundo vuelve a abrir los ojos y se topa con ella, con su hermana en blanco y negro, sonriendo al camarógrafo, el mar de fondo completando el paisaje. En el dorso, una fecha en lápiz: 1939. Pasaron setenta y dos años de aquel viaje a Mar del Plata. Aún recuerda la vieja cámara que comprara en la costa, y a su hermana quien, como una espontánea modelo, posara para la foto. Pensó en la magia de la fotografía, y en ese revivir de la persona en la foto, muchos años después. Acaso algo de la Alicia niña estuviera en esa imagen. Tal vez el alma de Alicia permanece ahora en la foto. Tal vez ella aún esté viva. A veces el recuerdo, como una hiedra, envuelve el alma de las personas y no deja que ésta escape del papel.
Estaba pensando en eso cuando, por un momento, le pareció que la niña le guiñó un ojo. Fue sólo eso, un instante, un segundo antes de que la sala velatoria se despojara de gente, luego de que Alicia, con los ojos llenos de lágrimas, besara la frente del difunto, y con un “adiós, hermano” se despidiera de Facundo para siempre.